Bailar toda la noche

Ultimamente contemplo, perpleja, un comportamiento que, lamentablemente se da con mucha frecuencia. Observo cómo mucha gente de mi alrededor se muestra muy dura con ellos mismos cuando fallan. Su lenguaje es muy duro, se reprochan cosas, se auto-exigen mucho, no tienen en cuenta aspectos que pueden haber influído en sus actuaciones y que, tal vez, si los considerasen, las cosas no se verían con tanta dureza. Se machacan, se reprochan, se culpabilizan, se exigen… especialmente cuando las cosas no salen como ellos deseaban y ven que han fallado. ¿Os suena esto?

Lamentablemente creo que es algo que todos tenemos, en mayor o menor medida, instaurado en nuestro interior. De hecho, creo que en muchos casos es producto de nuestra educación. Y no entro a juzgarlo. Como la mayoría de las cosas, su intención es buena: sacar lo mejor de nosotros, ayudarnos a aprender de los fallos, no quedarnos en la mediocridad. Todo eso es bueno, y supongo que todo eso es lo que busca ese “exigirnos tanto y no permitirnos fallos”. Bien, repito que no es mi intención escribir ahora sobre si eso es bueno o no (aunque, claramente, como todos los extremos, no es bueno).

Mi intención en este post es ayudarte a reflexionar sobre la otra cara de la moneda. Me explico: contemplo también, asombrada, como es muchísimo menos frecuente encontrar personas que se premien, que se estimulen, cuando hacen algo bien hecho. Parece como si nuestra educación fuera: “¿has hecho algo mal? sé duro contigo mismo y exígete. ¿Has hecho algo bien? bueno, es lo que se esperaba de ti, así que tampoco vamos a darle más importancia”. ¡¡De manera que muchas personas están continuamente logrando cosas, algunas de ellas con gran esfuerzo de su parte, saliendo de su zona de comodidad, y no se valoran a ellos mismos nada por sus enormes avances!! Y Ojo, ese “enorme” avance puede ser algo pequeño a los ojos de los demás, pero a esa persona haberle costado un triunfo.

Puede ser el conseguir entablar una conversación difícil que me cuesta; o el lograr bloquear un pensamiento negativo sobre mí y contestarle; o el ser capaz de pedir perdón con humildad; o el levantarme cuando suena el despertador; o el mantenerme tranquilo mientras hablo con una persona que me pone nervioso; o el llegar puntual a un sitio; o el salir a correr después de meses diciendo que lo iba a hacer; o el tener la bandeja del correo de entrada al día; o el llamar a un provedor que me está frenando en la producción; etc. Pequeñas cosas. Grandes cosas. Que me resultan dificiles y que, sin embargo, cuando hago, no me premio de ninguna manera. Te invito estos días a estar más atento/a a esos pequeños logros del día a día. Y a hacer algo para valorarlos y tenerlos en cuenta. Para premiarte y para aprender a reconocerlos.

Mi amigo Josepe García, excelente coach, siempre pone el ejemplo de una cartulina doblada (¿recordáis cuando íbamos al cole?): de tenerlas dobladas, al final, cuando intentamos estirarlas, están ya con la forma cogida. Y ¿cuál era la única manera de ponerlas rectas del todo? ¿recuerdas? Si!! doblandolas por el lado contrario y teniéndolas un rato así. Pues eso nos pasa a nosotros: nuestra cartulina está tan acostumbrada a doblarse de un lado (ser duros, exigirnos, machacarnos) que ahora, para conseguir llegar al equilibrio, tenemos que doblarla aposta del lado contrario (premiarnos, valorarnos, etc.). Hasta que adopte de nuevo la forma “recta”.

Y me gustaría terminar con un video de una peli que me encanta: “My fair lady”. Tras mucho intentar decir bien una frase (¡¡una sóla frase!!) “the rain in Spain takes mainly in the plain”, cuando por fin lo dice bien Eliza Doolitle se siente tan feliz que no puede parar de bailar, de cantar… y podría estar toda la noche bailando (I could have dance all night)

Disfrutad.

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