Te voy a contar una historia personal.
Cuando tenía 17 años fui a un campo de trabajo para jóvenes, en el campo, en medio rural, en el que nos juntamos jóvenes adolescentes de distintos países (España, Finlandia, EE.UU, Francia, etc.). Era verano y, además de actividades propias del campo (muy interesantes), por las tardes teníamos todo tipo de actividades de ocio, deportes y tiempo libre. Siempre he sido un espíritu muy aventurero y alegre, por lo que cosas así las disfrutaba al máximo.
Bien. Una tarde, la actividad deportiva consistió en irnos a un lago cercano a practicar piragüismo. Ummmm, ¡¡cómo la disfruté!! Durante la primera media hora, unos monitores nos enseñaron los conceptos básicos: cómo meterte en la piragua, cómo manejar los remos, cómo deslizarte, cómo salir cuando has volcado, cómo acercarte a la orilla de nuevo… Integramos muy bien los conocimientos y …¡¡al agua patos!!
Al principio, estuvimos un rato haciéndonos con la piragua, deslizándonos, remando con suavidad, etc. Pero, claro, teníamos todos mucha adrenalina dentro, mucha energía y muchas ganas de jugar… al cabo de 20 minutos ya estábamos todos (unos 30 jóvenes) haciendo luchas por tirarnos de las piraguas, persecuciones, apuestas a ver quién caía antes. Íbamos los unos a por los otros, intentábamos poner en práctica el arte de atacar y esquivar los golpes del otro, etc. Todo en un ambiente de muchísimas risas, de compañerismo y disfrute. El que caía al agua… ¡¡vuelta a empezar!! y esta vez, claro, iba con más ganas a por el que le había tirado. Disfrutamos y reímos como pocas veces lo he hecho.
Yo, con mi espíritu aventurero, mis ganas de competir y mi gran capacidad para arriesgar, conseguí esquivar a todos los compañeros, tirando a algunos de ellos, y logrando que nadie me tirase a mí. ¡¡Fui la única que no volcó la piragua!! Al final, cuando acabó el “juego” llegué a la orilla sequita, y orgullosa de no haber caído. ¡¡Era la vencedora!! Recuerdo lo orgullosa que me sentí.
Sin embargo, al poco tiempo, tomé conciencia de una cosa que me ha acompañado años después y que hoy comparto contigo. Fui la única que no volcó de la piragua… y por eso… fui la única que realmente no sabe salir de la piragua. Teóricamente si sé, pero ¿realmente? Al volcar, hay un momento que te quedas con todo tu cuerpo dentro del agua, “atado” por las cremalleras de la piragua. Y en ese momento tienes que desabrocharte la cremallera y, girando el cuerpo, deslizarte fuera del habitáculo de la piragua, para así salir a la superficie. En la teoría es sencillo.
Pero yo no volqué. Todos mis compañeros lo hicieron y todos salieron a superficie. Pero yo no. Y por eso yo, ahora, muchos años después… no sé si sé salir de una piragua (e impresiona ese pensamiento, puedes estar seguro). Mi razón y mi conocimiento de mi misma me dicen que si que sabría, que es sencillo, que mantengo la calma en momentos tensos. Si. Pero hay una vocecita en mi interior que dice: “Si, si,… pero no lo sabes seguro”.
Todos mis compañeros volcaron… y ahora saben con seguridad que saben salir de una piragua en esos momentos de “peligro”. Pero yo no.
¿Qué quiero compartir contigo? Pues simplemente la importancia de los fallos. La importancia del fracaso o de las caídas. Caer no nos hace gracia a nadie. Algunos, incluso, nos esforzamos y ponemos todo nuestro empeño en evitarlo. Cuando caemos, durante un rato nos sienta muy mal… pero es esa caída la que nos enseña, como mínimo, que podemos levantarnos. Eso como mínimo, porque puede enseñarnos muchas cosas más: qué hemos hecho mal para caernos; qué podemos hacer mejor la próxima vez; cómo nos hemos sentido al caer (a lo mejor resulta que caer no es tan malo como pensábamos: a lo mejor resulta que el que se vuelque una piragua no es tan horrible como parece de antemano, a lo mejor resulta que levantarse no es tan difícil). Nos enseña a reconocer en nosotros opciones y capacidades que, quizás, antes no contábamos con ellas.
Hoy en día me descubro a veces esa actitud de evitar los fallos, de molestarme cuando fallo. Muchas veces no la reconozco, pero cuando lo hago… me digo a mí misma que esta vez sí quiero aprender del todo a navegar en piragua: sabiendo la lección más importante: SALIR A SUPERFICIE para CONTINUAR VIVA. Y para ello sé que necesito aceptar el fallo como parte del proceso de aprendizaje. Sé que necesito tener la actitud del valiente: arriesgar y caer… para luego levantarme.
¿En qué piragua estás ahora mismo… procurando no fallar de ninguna manera? ¿Evitas a toda costa el caerte? Cuidado… no vaya a ser que luego descubras que no sabes salir a superficie. J
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Pues tienes toda la razón, al final, la ventaja de caer y haberte levantado es q ya sabes q puedes volverlo a hacer.
Gema T.
Veo dos ideas en lo que escribes.
Por un lado, ¿debemos dudar de que podamos levantarnos por no haber caído antes, por haber evitado caernos? No lo creo, esa relación no existe en mi cabeza. No hay nada que nos haga pensar que por no haber caído antes no vayamos a ser capaces "de salir de nuestra piragua" llegado el momento.
Por otro lado. Todo lo que nos proponemos en la vida nos lleva por un camino. Cada uno para aprender necesitamos algo muy específico y adaptado a nuestras necesidades. Deberíamos cambiar la posición desde la que miramos. ¿Estás dispuesto a darlo todo por tu objetivo? Si la respuesta es sí, no existen las caídas, existen los caminos y los aprendizajes de cada camino. Algunos te alejarán de tu objetivo, otros darán un rodeo y al final, aprendizaje tras aprendizaje, hallarás el camino que te llevé allí donde quieras estar. Me ha acaba de venir a la cabeza el típico laberinto que hacíamos sobre papel de pequeños para encontrar la salida. Si no encontrabas la salida a la primera lo borrabas y volvías a intentar salir del laberinto. Así de fácil.
Concretamente a mí, me cuesta aceptar mis fallos cuando estos pueden repercutir en terceras personas. No me preocupa caer yo, sino cómo pueda afectar a otras personas. Entiendo que es algo que debo trabajarme aún. Todo llegará 😉
Gracias por tus reflexiones!
Carmen C.
Jajaja, pues sí Gema. Si lo hubiera sabido antes, me habría tirado aposta de la piragua 😉
Pero bueno, por lo menos he hecho el aprendizaje de lo bueno que es equivocarte.
Besos
Carmen, ¡gracias por compartir tus reflexiones! ¡¡Me encanta que me hagan pensar acerca de lo que escribo!!
Respecto a tu primera idea, desde la lógica tienes razón. No tiene ninguna relación el que no haber caído antes, nos haga pensar que no vayamos a salir de nuestra "piragua" después. Efectivamente, desde la lógica no tiene ninguna relación.
El problema es que el nos hace dudar de que vayamos a ser capaces de levantarnos, no es la lógica, sino el miedo. Y el miedo es una emoción, que encima cuando surge no pasa por la lógica. Una vez que surge, si quieres, lo puedes pasar por la lógica, y esta lo desmonta inmediatamente (o no). Pero que el miedo surge, no te quepa la menor duda. 😉
Respecto a tu segunda idea… ¡¡totalmente de acuerdo contigo!! Efectivamente, cuando un está de lleno en conseguir un objetivo, todo le sirve, tanto lo bueno, como los errores. La pena es que ese aprendizaje lo he ido instaurando en mi interior conforme he ido creciendo (conforme me he ido haciendo mayor)… ¡¡y lo de la piragua me pasó con 17 años!! 🙂
Todos tenemos cosas que tenemos/debemos/queremos seguir trabajándonos. ¡Es la grandeza del camino!
Gracias por tu aportación, Carmen. Un beso enorme.