Los tres pelos del hombre feliz

Hace muchos años, cuando era más jovencita, me impresionó un cuento que leí. Era así: “Una mujer acudió a un hombre muy sabio de su país. Estaba desesperada de dolor. Su único hijo, de 10 años, estaba enfermo y ningún médico daba con la solución a su mal. Al llegar frente al sabio, le pidió el remedio para sanarlo. Era una situación injusta. Sólo tenía un hijo, era muy joven y ella no se merecía tanto sufrimiento. El Sabio, mirándola con ojos de amor le dijo: “para preparar el remedio que sanará a tu hijo necesito varios ingredientes. Tú me tienes que traer uno de ellos: tres pelos de la cabeza de una persona que nunca haya sufrido”. La mujer se marchó muy contenta, por fín encontraba una solución. Se puso a buscar con enorme rapidez. Al cabo de tres meses, volvió a casa del sabio. Su rostro y sus ojos mostraban serenidad. El sabio le preguntó: “¿Me traes los tres pelos de la persona que no ha sufrido?”. La mujer le contó que cuando salió de la casa del sabio buscó como loca en todo el país: palacios, chozas, campos, ciudades… en todas partes donde preguntó encontró personas que habían perdido un ser querido, personas que habían pasado por una enfermedad seria, personas que estaban sin trabajo, personas que estaban solas y no tenían nadie con quien hablar. Y conforme pasaban los días y veía que todas esas personas, a pesar de su sufrimiento, seguían adelante, dibujando cada día una sonrisa en su cara… poco a poco ella fue serenando su corazón y aceptando su propio sufrimiento. Ahora se presentaba ante el sabio simplemente para agradecerle la paz que había puesto en su corazón… y pidiéndole el remedio para convivir con la enfermedad de su hijo“.

Hoy ha vuelto a mi ese cuento. Porque es una realidad total. En el edificio donde vivo puedo encontrar a una mujer que se quedó viuda con una niña de 6 meses; a una familia que perdió una hija de 23 años; a otra familia que acaba de ver morir a un sobrino de 10 años por un ataque fulminante al corazón y que ahora tiene que hacer pruebas a sus propios hijos, por si acaso es algo genético; a una familia en la que ha entrado el paro en el padre, con unos 55 años; a otra familia en la que la madre de repente se ha quedado sola porque sus 3 hijos han volado del nido familiar y la soledad ha entrado en su corazón; a otra familia que ha perdido 4 hijos en sendos embarazos; a una familia cuya abuela lleva dos meses de hospital, en urgencias, porque no dan con la solución a unos pólipos de garganta; ….en el edificio donde vivo, ni un metro más lejos. No me lo invento. Están ahí, son mis vecinos, me los cruzo todos los días en el ascensor.

Convivimos con el sufrimiento. Es intrínseco al ser humano. Es algo que aparece y que no podemos evitar. Está ahí y no podemos hacer nada. Bueno, rectifico la frase. No podemos hacer nada para evitar que aparezca el sufrimiento. SÍ podemos hacer algo sobre cómo lo afrontamos. Porque la grandeza del ser humano es que puede abordar las cosas desde la alegría, desde la serenidad, desde la fuerza, desde la dignidad. Por encima del sufrimiento y a pesar de él.

Podemos elegir. Debemos elegir. Y de nuestra elección va a depender nuestra felicidad. Los hospitales son buena prueba de ello. En una misma habitación pueden convivir dos pacientes con la misma enfermedad. Y uno puede anclarse en la tristeza, en el desánimo, en la furia. Y el otro puede anclarse en la alegría, en la lucha, en la aceptación. La misma enfermedad afrontada desde dos visiones. La enfermedad no la eliges. La actitud si. Podemos elegir. Debemos elegir.

Y sería bueno que nos preguntemos: “Ante las cosas que me pasan en el día a día, ¿qué actitud ELIJO tener?”. Porque de ella vendrá luego mi estado de ánimo, mis acciones, mis decisiones… mi VIDA, en una palabra. Y no pensemos que somos los únicos que sufrimos. Busquen en todo su reino 3 pelos de una persona que nunca haya sufrido… y les dará la fórmula de la felicidad.

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