Palabras para María

No sé cómo escribir lo que pugna en mi interior por salir. Son palabras muy íntimas y no sé cómo serán acogidas. Pero necesito hacerlo. Una amiga mía, María, está a punto de dar a luz. Va a ser un parto programado. El niño parece que está muy bien en la tripita de mamá  (¡normal!) y no quiere salir. Así que María entra mañana al hospital, le esperan horas y horas de oxitocina inyectada para provocar contracciones. Ella va serena, queriendo ser consciente de todo y saborear la experiencia. En palabras suyas: “Mañana entro a las 8 y comienza el proceso. Confiaré en Dios y en lo que El me aguarde”.

Le deseo lo mejor y mi oración estará con ella todo el rato.

Al mismo tiempo necesito expresarle algo que creo necesario que sepa. Por si acaso al final el parto acaba en cesárea.

A mí con Juan Pablo también me ingresaron para provocar el parto. Estaba en la semana 40 y él estaba super calentito dentro de mí, frente a los pocos grados de Febrero. Ingresé a las 8 y sabía que me esperaban muchas horas por delante, la comadrona nos había avisado en los cursos de preparación al parto. Me inyectaron oxitocina y al cabo de varias horas empecé a sentir un dolor inmenso de contracciones, pero no dilataba nada. Los médicos me recomendaron ponerme la epidural. Yo accedí.

Fueron muchas horas las que pasé en la sala de dilatación. Muchas. Y aunque no sentía las contracciones, el cansancio estaba haciendo mella en mí. Pero no conseguía dilatar.

Hasta que, a las 35 horas las comadronas y los médicos, que estaban continuamente monitorizandonos (al feto y a mí), me hicieron una prueba y descubrieron que Juan Pablo había entrado en sufrimiento fetal y dijeron que había que hacer una cesárea de urgencia. Ángel sigue recordando a día de hoy cuando salí en la camilla de la sala donde me habían hecho la prueba y le dijeron que me iban a hacer una cesárea de urgencia y no pudo ni siquiera despedirse de mí, ni darme un beso.

La cesárea en sí es dura. Bastante dura. Mi marido no pudo entrar a quirofano, por lo que uno de los momentos más importantes de nuestra vida no pudimos vivirlo juntos. Te anestesian, ponen una sábana verde delante de ti. Oyes hablar al equipo médico, aunque no les ves. Y cuando nace tu hijo te lo muestran, te lo acercan a la cara para que le des un beso… pero tú no puedes cogerlo en brazos porque estás crucificada con tantos tubos de la anestesia. Los médicos siguieron terminando la operación y yo lo único que podía hacer era girarme el cuello al máximo para ver a mi hijo que estaban las enfermeras haciéndole todas las pruebas del mundo.

Luego, cómo la cesárea es una señora operación, tienes que estar en otra sala para que los médicos supervisen cómo  vas evolucionando. En mi caso con más razón, ya que en la cesárea perdí mucha sangre. Una amiga mía, enfermera del hospital donde nació Juan Pablo, se asombró cuando Ángel le dijo el nivel de sangre que había perdido. Me quedécon hematocrito de 6. Cristina le dijo que no entendía cómo no me habían hecho una transfusión de sangre, cuando en ese hospital con menos pérdida (con 8) ya hacen transfusiones.

El caso es que yo tardé más de 4 h en poder ver a mi bebé y ponerlo en mi pecho. Eso es duro. Es muy duro.  Sobre todo porque no lo esperaba. Alejandro también nació por cesárea y no pude tomarlo en mis brazos hasta las 17 h más tarde, pero ya iba preparada.

Voy a hacer un resumen: muchas horas de cansancio esperando el momento del parto, al final cesárea, no puedes tomar en brazos a tu hijo, os separan, tienes una anemia galopante, hasta 4 h más tarde no ves a tu hijo… unido a los dolores de la operación (te han abierto por la mitad). Y las hormonas descolocadas, como a cualquier mujer tras el duro trabajo del parto.

Como puedes ver, no estaba en mi mejor momento.

Pero lo peor no había sucedido aún. Y por eso siento la necesidad de escribir estas líneas.

El cuerpo de la mujer lleva miles de años dando a luz. Y está preparado para ello. A pesar de que es terreno desconocido, a pesar del dolor, a pesar de todo eso, la mujer sabe afrontar un parto natural. Pero el cuerpo de la mujer no está preparado para una cesárea. Es un invento nuevo, del siglo pasado. Y no está preparado para eso. Especialmente en el terreno de las emociones.

En el terreno de las emociones fue muy duro. Yo pensaba que no era su madre. Entiendeme, ¡claro que sabía que Juan Pablo era mi hijo! Pero por dentro algo estaba descolocado. Me costaba sentirme su madre. Y hasta los 4 o 5 meses, no conseguí sentir que yo era su madre. Te puedes imaginar el dolor tan desgarrador que tenía en mi interior. He leído que  no soy la primera mujer que siente algo parecido tras una cesárea.

Y encima, durante muchos meses pensé que yo, inconscientemente, había frenado que Juan Pablo saliera por parto natural. Me estoy sincerando completamente, por favor, te pido respeto. Y eso es un dolor más profundo si cabe. Sólo dos años más tarde entendí que Dios es quien dirige todo y que todo es para bien  (Romanos 8, 28).

Así que, amiga María, descansa bien esta noche. Ojalá tengas un parto natural. Y si no… tranquila. Vas a pasar unos meses quizás algo malos. Si acaba en cesárea, tendrás una señora operación, que deja secuelas físicas (que se van más o menos pronto) y emocionales (que tardan un poco más en desaparecer). ¡Pero al final también desaparecen!

A día de hoy, sé que soy una estupenda madre para Juan Pablo y para Alex. Y noto que Dios ha hecho que ambos, con su amor y el de Ángel, han sanado mis heridas.

Te quiero.

 

6 Comments
    • Anónimo
    • 21 agosto, 2016
    Responder

    Sí, es así aunque hace falta cierto grado de fe para confiar en ello.

    Pero es cierto,«…sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien …» No conozco a tu amiga, Elida, pero me uno a tí para animarla a confiar y oro para que Dios extienda Su protección sobre ella y su bebé.

    Mañana estaré contigo en pensamiento,Maria. Descansa confiadamente, buenas noches.

    Un beso

    M. Paule R.

    • Anónimo
    • 22 agosto, 2016
    Responder

    Elida, gracias por tu sinceridad.

    El escrito lo has hecho público lo que me hace imaginar que lo has escrito para todo el que lo queramos leer y no solo para tu amiga.

    Cada mujer vive la maternidad a su manera.

    En mi caso tampoco queria salir nuestro hijo y tuve un parto provocado, no hizo falta cesarea aunque tambien fue largo.

    En mi generación era costumbre anestesia general y a los hijos los veias cuando te los subian de nidos, a la hora estipulada.

    Era muy joven, tenïa 20 años, y quizas la inconsciencia me hacia vivir todo con naturalidad,

    Iba sintiendo a mi ritmo, me iba haciendo como madre desde la intuiciòn.

    Vivî mi maternidad bastante sola, mi madre trabajaba y mi marido era de otra generación.

    Todo lo vivido lo he utilizado a mi favor, no lo he vivido con sufrimiento.
    Me siento satisfecha de mis hijos, cada cual a su manera .

    Les amo profundamente sin apego, porque siempre entendi que no me pertenecian y quizas el primer aprendizaje fue el no poder verlos hasta pasadas unas horas.

    Un beso,

    Marisa R.R.

    • Anónimo
    • 22 agosto, 2016
    Responder

    Un besazo Elida,… y a fin de cuentas fue Juan Pablo quien eligió nacer así y a ti como maravillosa madre.

    Ana Belén M.

  1. Es cierto, Marie Paule, hace falta cierto grado de fe para confiar en que todo es para bien. Al mismo tiempo, creo que Dios simplemente necesita una pizca de fe (la levadura), para poder curar nuestras heridas internas.

    Gracias por tu oración, amiga

  2. Marisa, sí, he escrito este texto para todo el que lo quiera leer, por si acaso a alguien le puede ayudar. Es uno de los fines de mis escritos, con ayudar a una sola persona, ya habrá cumplido su misión.

    Creo que, como tú muy bien has dicho, la inconsciencia de tener 20 años te ayuda a vivir todo con más naturalidad. También es verdad que tú al final fue parto natural.

    Coincidimos ambas en que te vas haciendo madre desde la intuición. Creo que, aunque puedes leer libros, preguntar a otras madres (y te puede ayudar mucho), al final la maternidad se va creando entre la madre y el hijo.

    Me encanta lo que dices de amar profundamente sin apego. Yo siempre he tenido claro que mis hijos no son míos, ni son un regalo. No. Mis hijos son un PRÉSTAMO, a los que amaré toda mi vida y que un día echarán a volar.

    Gracias por tus palabras, amiga

  3. ¡Gracias Ana Belén!

    Un beso enorme

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