En la anterior entrada les dejé con la pregunta: “¿el hombre es bueno o es malo?” y les invitaba a reflexionar sobre su pensamiento más profundo, puesto que considero que la respuesta que cada uno de nosotros demos a esa pregunta, va a condicionar mucho nuestra actitud, nuestro posicionamiento, nuestras expectativas, etc. ante personas y situaciones.
A lo largo de mi vida me he encontrado personas que consideraban que el ser humano es malo por naturaleza. Pocas, la verdad. Pocas, sobre todo, que se hubieran hecho el planteamiento serio de su posicionamiento sobre ese tema y, tras hacerlo, habían llegado a la conclusión de que el ser humano es malo por naturaleza.
En esos casos he podido constatar, con tristeza, que la postura de estas personas, ante los demás, era normalmente de ponerse a la defensiva. Es normal. Si pienso que el otro es malo, que sus intenciones no son buenas, me debo defender de él. Debo prepararme para lo peor. Incluso en algunos casos, debo atacar yo antes de que él me ataque.
Afortunadamente, también me he encontrado con muchas personas (¡¡reconozco que he tenido la suerte de que han sido muchas más!!) que piensan que el hombre es bueno por naturaleza. En esos casos, he podido percibir en ellas una actitud mucho más confiada a la hora de establecer sus relaciones. Si el otro es bueno, si el otro tiene normalmente buenas intenciones, ¿qué sentido tiene “defenderme” de él? Esperaré de él cosas buenas, sacaré de él cosas buenas. Podremos abrirnos mutuamente, puesto que en la bondad se construye mucho más.
Y lo que más he visto a lo largo de mi vida… es gente que no se lo ha planteado nunca. Y por tanto, su actitud es una maraña entremezclada (e inconsciente normalmente) de: “bueno, la mayoría de las personas pueden ser buenas, por lo menos yo la mayoría de los que conozco lo son. Pero también hay gente mala, por lo que, por si acaso, lo mejor es ir preparados por si nos tenemos que defender, atentos a la más mínima señal. Eso hace que, aunque a lo mejor a mí me saldría confiar, por si acaso me mostraré cauto y receloso”. Mucha gente tiene ese pensamiento inconsciente. Y es fácil imaginar cómo ese inconsciente influye en su comportamiento.
Además, la mayoría de la gente piensa que, de uno en uno el hombre es bueno, pero cuando están en grupo… hummm, entonces hay que protegerse más aún, porque en grupo el hombre saca lo peor de sí mismo.
¿Se dan cuenta de la importancia de contestarse a esta pregunta? ¿Se dan cuenta de la importancia de tomar conciencia real de lo que realmente pienso sobre ello? ¿Se dan cuenta Uds. cómo estos diferentes pensamientos nos influyen mucho más allá de lo que aparentemente parecería? Porque esos pensamientos, esa consideración del ser humano, nos influye en todos los ámbitos de nuestra vida:
+ en nuestro trabajo; por ejemplo, en las reuniones de equipo, no es lo mismo pensar que el otro tiene mala intención con lo que dice, que no pensarlo. O por ejemplo, cuando tengo que iniciar un trato con alguien desconocido, de otra empresa, por ejemplo, o de otro departamento, no es lo mismo pensar que le regirá en balance la bondad que la maldad, etc.
+ en nuestras relaciones diarias con desconocidos, en el metro, en la calle, en las tiendas… no es lo mismo ver al otro como alguien de quien tengo que defenderme, a verle como alguien de quien puedo recibir cosas buenas. O cuando menos, alguien con quien yo no necesito ponerme en actitud defensiva de principio.
+ en nuestras amistades. No se piensen, aquí también se nos cuelan muchas de estas actitudes.
+ incluso en nuestra vida de familia (pareja, hijos, ….) No es lo mismo pensar que el otro está haciendo las cosas con mala intención, a pensar que la intención es siempre buena y que, entonces, lo que ha podido ocurrir es que se ha equivocado, o ha fallado, o ha tenido un mal momento.
Se nos cuelan dependiendo del tipo de pensamiento. Y un pensamiento potencia mucho más que el otro nuestras relaciones, e incluso nuestro propio crecimiento.
¿Qué actitud tengo hacia el otro? ¿Cómo le miro? ¿Cómo creo que me mira?
Deja un comentario cancel