El 19 de Febrero de este año, en el periódico The New York Times, salió un artículo titulado “My Own Life”. Era de Oliver Sacks, un prestigioso neurólogo, que sigue, a sus 81 años de edad, siendo profesor emérito de neurología en la New York University School of Medicine Albert Einstein. En él, el escritor de libros como Despertares (que inspiró una película interpretada por Robin Williams), Un antropólogo en Marte, Alucinaciones y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, desvelaba a sus lectores que padece un cáncer terminal.
La lectura del artículo nos muestra la belleza de la persona. Te invito a que lo leas.
Hace un mes me encontraba bien de salud, incluso francamente bien. A mis 81 años, seguía nadando un kilómetro y medio cada día. Pero mi suerte tenía un límite: poco después me enteré de que tengo metástasis múltiples en el hígado. Hace nueve años me descubrieron en el ojo un tumor poco frecuente, un melanoma ocular. Aunque la radiación y el tratamiento de láser a los que me sometí para eliminarlo acabaron por dejarme ciego de ese ojo, es muy raro que ese tipo de tumor se reproduzca. Pues bien, yo pertenezco al desafortunado 2%.
“Imagino un rápido deterioro”, escribió. “Mi trastorno me ha producido muy poco dolor; y, lo que es aún más raro, a pesar de mi gran empeoramiento, mi ánimo no ha decaído ni por un instante. Poseo la misma pasión de siempre por el estudio y gozo igual de la compañía de otros”.
He tenido la inmensa suerte de vivir más allá de los 80 años, y esos 15 años más que los que vivió Hume han sido tan ricos en el trabajo como en el amor. En ese tiempo he publicado cinco libros y he terminado una autobiografía (bastante más larga que las breves páginas de Hume) que se publicará esta primavera; y tengo unos cuantos libros más casi terminados.
Hume continuaba: “Soy… un hombre de temperamento dócil, de genio controlado, de carácter abierto, sociable y alegre, capaz de sentir afecto pero poco dado al odio, y de gran moderación en todas mis pasiones”. No puedo fingir que no tengo miedo. He amado y he sido amado. En este aspecto soy distinto de Hume. Si bien he tenido relaciones amorosas y amistades, y no tengo auténticos enemigos, no puedo decir (ni podría decirlo nadie que me conozca) que soy un hombre de temperamento dócil. Al contrario, soy una persona vehemente, de violentos entusiasmos y una absoluta falta de contención en todas mis pasiones.
Sin embargo, hay una frase en el ensayo de Hume con la que estoy especialmente de acuerdo: “Es difícil”, escribió, “sentir más desapego por la vida del que siento ahora”. En los últimos días he podido ver mi vida igual que si la observara desde una gran altura, como una especie de paisaje, y con una percepción cada vez más profunda de la relación entre todas sus partes. Ahora bien, ello no significa que la dé por terminada. Por el contrario, me siento increíblemente vivo, y deseo y espero, en el tiempo que me queda, estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento.
Eso quiere decir que tendré que ser audaz, claro y directo, y tratar de arreglar mis cuentas con el mundo. Pero también dispondré de tiempo para divertirme (e incluso para hacer el tonto). De pronto me siento centrado y clarividente. No tengo tiempo para nada que sea superfluo. Debo dar prioridad a mi trabajo, a mis amigos y a mí mismo. Voy a dejar de ver el informativo de televisión todas las noches. Voy a dejar de prestar atención a la política y los debates sobre el calentamiento global.
No es indiferencia sino distanciamiento; sigo estando muy preocupado por Oriente Próximo, el calentamiento global, las desigualdades crecientes, pero ya no son asunto mío; son cosa del futuro. Me alegro cuando conozco a jóvenes de talento, incluso al que me hizo la biopsia y diagnosticó mis metástasis. Tengo la sensación de que el futuro está en buenas manos.
Soy cada vez más consciente, desde hace unos 10 años, de las muertes que se producen entre mis contemporáneos. Mi generación está ya de salida, y cada fallecimiento lo he sentido como un desprendimiento, un desgarro de parte de mí mismo. Cuando hayamos desaparecido no habrá nadie como nosotros, pero, por supuesto, nunca hay nadie igual a otros. Cuando una persona muere, es imposible reemplazarla. Deja un agujero que no se puede llenar, porque el destino de cada ser humano —el destino genético y neural— es ser un individuo único, trazar su propio camino, vivir su propia vida, morir su propia muerte.
No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído, y viajado, y pensado, y escrito. He tenido relación con el mundo, la especial relación de los escritores y los lectores. Y, sobre todo, he sido un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, por sí solo, ha sido un enorme privilegio y una aventura.>>
La verdad es que poco puedo añadir. Bueno, sí. Me gustaría añadir una cosa. Sacks dice en determinado momento que “debo decidir cómo vivir los meses que me quedan”. Lo “bueno” de que tengas un cáncer terminal es que sabes que la vida te da un plazo. Pero realmente, a todos nosotros (a ti y a mí), la vida nos da un plazo. No sabemos cuánto, pero es una verdad que no sabemos cuánto nos queda de vida.
Una de las cosas que más me cuestionó mi ictus es que, de golpe y porrazo, EN CUALQUIER MOMENTO, puede llegar el final de tu vida. Y no quiero olvidar, día a día, que cada día de mi vida puede ser mi último día viva. Y me gustaría llegar al final de mi vida habiendo cumplido lo que dice en su carta: “estrechar mis amistades, despedirme de las personas a las que quiero, escribir más, viajar si tengo fuerza suficiente, adquirir nuevos niveles de comprensión y conocimiento”.
Porque la vida es un REGALO inmenso que, OJALÁ lo disfrutes. Ojalá al final puedas decir tú también: “No puedo fingir que no tengo miedo”, pero también puedas garantizar: “He amado y he sido amado”. J
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Lo leo y parece que hablo con una amiga, Cristina T. Es una suerte descubrir en la enfermedad un montón de cosas buenas y para mi es una lección de vida esta cerca de ella…
Gracias Élida
Belén G.L.
Jajaja, Belén G.L. Te recuerdo por eso de ser el 2℅ no jajajaja.
Gracias Belén. Como siempre te he dicho, vivo porque cada mañana tengo millones de razones para vivir y ninguna para rendirme. Además tengo muchísima gente q -como tú- me cuida cada día. Menuda doctora me ha tocado: la mejor del mundo
Gracias también a ti, Élida, porque tu articulo nos ayuda a reflexionar en lo verdaderamente importante.
Cristina T.