La estancia en el hospital por el nacimiento de mi hijo fue muy enriquecedora. Pude reflexionar sobre muchas cosas, ha habido experiencias de todo tipo (buenas y malas) y de todas ellas se puede aprender mucho.
Hoy quiero compartir un pensamiento que me vino recurrentemente los días de estancia en el hospital. Junto con mi hijo, en la planta de maternidad, había unos 20 niños más que habían nacido esos días. La sala llamada “nido” a veces tenía 18 niños juntitos. Todos chiquititos, pequeños, recién estrenados a esta vida.
Es misteriosa la vida. Esos 20 niños estaban igualmente desvalidos, igualmente preciosos, tenían igualmente toda la vida por delante. Toda la vida. Todas sus capacidades. Todo su potencial por delante.
Recuerdo cuando estudiaba Biología que mi profesora de Genética nos hablaba del “eterno” debate: los genetistas dicen que todo está en los genes; los psicólogos dicen que todo está en la educación. ¿Quién tenía razón? Recuerdo que yo pensaba que un poco de ambos. Los genes nos influyen, es innegable. Hay personas que tienen más tendencia genética a unas capacidades que otras. La educación influye, es innegable. Un niño puede, gracias a la educación que recibe, desarrollar más unas características que otras, potenciar más unas habilidades que otro mismo niño con los mismos genes que no recibe esa educación.
Y sin embargo, yo no podía evitar pensar que todos los niños que estaban en el nido eran iguales. Iguales en Potencial, iguales en capacidades, iguales incluso en aprovechamiento de oportunidades. Fijense que no he dicho iguales en oportunidades, cada uno tendrá unas y serán diferentes quizás. Pero pueden ser iguales en la capacidad de aprovechar las oportunidades. Pero, ¿y los genes? ¿y la educación? ¿dónde quedan?. Soy consciente de que influyen. Soy consciente de que los recien nacidos son diferentes en ese aspecto. Y que no todos los niños tendrán la suerte de nacer en un hogar donde sean amados en plenitud (y eso influye muchísimo en el desarrollo del niño, por lo que ese niño “jugará” con ventaja). Soy consciente de todo ello. Entonces, ¿por qué sigo pensando que todos son iguales, que todos podrán ser en el futuro lo que deseen ser?
Porque, además de la genética, además de la educación, desde que soy Coach he descubierto otro factor que influye enormemente en la capacidad de la persona de conseguir lo que quiera: QUERERLO y PONERSE EN ACCIÓN para conseguirlo. Puedo tener unos genes que no lo favorecen mucho, si quiero y me pongo en acción, probablemente lo conseguiré (aunque a veces tenga que dedicar mas esfuerzo). Puedo no haber tenido la mejor educación (intelectual o emocional), si quiero y me pongo en acción, probablemente lo conseguiré. No hay nada más grande que una persona enfocada en aquello que realmente quiere y que se pone en marcha para conseguirlo, dando lo mejor de ella misma.
Beethoven compuso la mejor de sus sinfonías siendo sordo. Y fué hijo de un padre borracho que le produjo la sordera de un bofetón que le pegó siendo niño y que acabó degenerando su oído. Y vivió en una familia con muchísimos problemas: madre enferma continuamente, padre que acabó en la carcel por sus problemas con el alcohol, Beethoven que tenía que cuidar a sus hermanos y ejercer de padre y madre. Y aún así, siendo sordo y con esa terrible infancia y adolescencia, su mundo interior produjo la impresionante Novena Sinfonía.
Todos iguales. Todos con el potencial por delante para ser “la mejor versión de uno mismo”.
¿En qué freno me he quedado yo? ¿Qué potencial mío aún está sin explotar? ¿Pueden mis miedos? ¿mis creencias limitantes? ¿las voces de otras personas? ¿mis propias voces?
Hay un niño dentro de Ud. que sigue, como en el nido, con su enorme potencial, esperando que Ud. se atreva a creer en él y a dar lo mejor de sí mismo. ¿Se atreve? Seguiremos profundizando.
Deja un comentario cancel