No sé si conoces la historia de Naamán, general del ejército del rey de Siria en tiempos del profeta Eliseo. La cuenta la Biblia en el libro de los Reyes. Resulta que Naamán, que con su enorme valentía había dado victorias a Siria, estaba enfermo de lepra. Y le llegaron noticias de que en Israel había un profeta muy poderoso que le podría liberar de su enfermedad. Y, claro, deseoso como estaba de verse sano, se fue con su séquito, con sus caballos, con su carroza, llevando tres quintales de plata, seis mil monedas de oro y diez trajes, hasta la puerta del profeta Eliseo. Allí se detuvo y esperó al profeta. Pero éste no salió, sino que mandó a uno para que le dijera a Naamán: «Ve a bañarte siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia.»
A Naamán esto le enfureció. Comentaba a los suyos: “yo pensaba que iba a salir en persona a verme y que iba a hacer grandes signos para librarme de la enfermedad. Y en cambio, no sólo no se digna a verme (y manda a uno cualquiera), sino que encima me manda bañarme en el río de los israelitas. Pues vaya, ¿es que los ríos de Damasco no valen más que las aguas israelitas? ¿es que no puedo bañarme en ellos y quedar limpio?” Y, decepcionado y furioso, se volvía para su tierra.
Pero, afortunadamente, sus siervos se le acercaron y le dijeron: “Señor, si el profeta te hubiera pedido algo difícil, lo hubieras hecho. ¿Cómo no lo vas a hacer si lo que te pide para curarte es simplemente que te bañes en un río?”. Naamán reflexionó y fue a bañarse al río Jordan. Y, claro, se sanó de la lepra.
Traigo hoy a estas páginas del blog la historia de Naaman porque creo que refleja muy bien la actitud que tenemos en muchas ocasiones. Fijaos, él esperaba algo grandioso y, claro, cuando le piden algo sencillo… pues hasta casi se ofende y se vuelve para su tierra. ¡¡Menos mal que tenía buenos siervos!!
Conozco muchas personas que, de alguna manera, están en esa situación: están esperando que se les pida grandes cosas y… andan molestos por tener que hacer lo pequeño.
Profesionales que quisieran liderar grandes proyectos y dar a conocer su valía… y que luego están molestos porque se les piden cosas cotidianas y pequeñas, como hacer un seguimiento telefónico de los clientes de la empresa. Jóvenes que les gustaría cambiar el mundo, irse con una ONG y hacer grandes cosas… y que luego se molestan y dan media vuelta cuando lo que tienen que hacer es preparar bien un examen. Esposos que estarían dispuestos a dar todo por su mujer, y luego no son capaces de darle su escucha, su apoyo en las tareas cotidianas. Madres que estarían dispuestas a dar la vida por sus hijos… y luego no son capaces de dar su tiempo (no sólo en calidad, sino también en cantidad) a los mismos y se molestan cuando el peque les demanda atención. ¿Sigo?
Hay muchas personas de esas.
Deseando hacer cosas grandiosas y olvidando que en lo pequeño también hay mucha grandeza. En mi opinión mucha más, porque esas pequeñas cosas constituyen el 99% de nuestro día a día: de nuestra profesionalidad, de nuestras relaciones con los amigos, con la familia, de nuestra construcción de la persona que somos.
Y en esas pequeñas cosas es en las que sale nuestra verdadera forma de ser, nuestros talentos, nuestra valía… y en esas pequeñas cosas es en las que mostramos al mundo quienes somos. Y, como dice un refrán Español: “quien no es de fiar en lo pequeño, no es de fiar en lo grande”.
¿Dónde estás tú? ¿Esperando como Naamán que te pidan hacer algo grandioso o difícil? ¿O mostrando hoy, en lo que tienes que hacer hoy, lo grandioso que eres tú y mostrando tus talentos en lo pequeño?
No esperes a que te pidan algo grande. BRILLA hoy, en lo poco… así tu luz iluminará también luego en lo mucho.
Deja un comentario cancel