En el anterior post, hablabamos de cómo la “filosofía” imperante en esta sociedad occidental nuestra parece encaminarnos a vivir la vida compartimentalizada, de manera que por un lado está nuestro trabajo, por otro lado nuestra familia, por otro nuestros amigos, por otro nuestro ocio, etc… colocados en compartimentos bien diferenciados y estancos. Así, percibimos que intentamos vivir de manera que lo que pasa en un compartimento no afecte a otros.
Y esa filosofía es contraria a la que entiende al ser humano de manera Holística, global, en la que todo esta relacionado y todo interacciona e influye en todo. Y poníamos la metáfora de una Cómoda con cajones estancos versus el Cuerpo Humano en la que todos los miembros están relacionados.
Y, aun entendiendo que esa compartimentalización no es buena, planteaba la cuestión de qué hacer cuando algo en el trabajo (por ejemplo) te está afectando muy negativamente y decides que eso no te va a afectar en casa, no lo vas a llevar a los tuyos. ¿Es mala esa compartimentalización? Realmente la haces para proteger a los tuyos, para que no paguen ellos lo que está pasando en el trabajo. Es decir, la intención es buena. Pero si algo en sí no es bueno,… ¿podría haber otra manera de conseguir esa intención loable (no cargar con mis enfados del trabajo a los míos) sin que el camino sea malo (compartimentalizar de modo estanco)?
Mi opinión es que efectivamente en muchas ocasiones es necesario que lo que nos pasa en un determinado ámbito no nos afecte en otros. Es una cuestión casi de supervivencia, puesto que sería horrible si todos los enfados, las frustaciones, las peleas del trabajo , los llevase a mi familia (sigo con ese ejemplo, aunque a veces pasa al revés). Es necesario poner límites entre diferentes ámbitos. Pero creo que es muy necesario distinguir dos aspectos: la emoción y lo que ha sido movilizado. Cuando uno está viviendo una situación que de alguna manera le desborda (la actitud de un compañero que te hace daño, la sensación de no llegar por exceso de trabajo, la locura de combinar ser madre con tu trabajo, etc.) entran en juego estos dos elementos principales: la emoción y lo que esta ha movilizado.
Por un lado está la emoción (lo que San Ignacio llamaba “los afectos”): me siento enfadado, o airado, o triste, o abandonado, o desbordado, … y todo eso genera que yo no controle 100% mi ánimo: respondo de manera que no es la deseada, me comporto como no quiero, no saco fuerzas, …en una palabra, estoy descentrado. Y cuando uno pierde el CENTRO, ya no está en su ser esencial. En la mayoría de las ocasiones, entramos en mente reactiva y perdemos la capacidad de decidir de forma proactiva lo que quiero hacer de verdad. (vease mi post de Enero de 2009: “Día de Luz”)
Por otro lado, está lo que ha movilizado esa situación. Más allá de la emoción que ha surgido, hay algo dentro de mí que ha sido tocado: mi necesidad de ser aceptado, mi necesidad de ser reconocido, el no saber decir que NO, el perfeccionismo, etc. Eso ha sido removido y por eso ha generado una situación de desbordamiento emocional.
Si aceptamos que podemos distinguir ambas partes, la clave entonces está en lo siguiente: es bueno mitigar la emoción, de manera que cuando vaya a otro ámbito, por ejemplo, a casa, no muestre mi enfado (que es del trabajo) con mis hijos, o no muestre mi tristeza (que es por el fallo de un amigo) en mi trabajo, etc. Es necesario aprender a moderar y gestionar mis emociones, para que no me afecten en ámbitos que no deseo. Fijense que he puesto gestionar las emociones, no bloquear (que es lo que, a veces, hacen muchas personas). Porque si me quedo en bloquear la emoción, simplemente la reprimo, no la trabajo. Y este es el quid de la cuestión: debo tener la valentía y el auto-conocimiento de reconocer lo que ha sido movilizado en mí y ponerme manos a la obra a trabajarlo. Y aquí es donde fallan muchas personas.
En resumen, es bueno conseguir que las emociones no nos desborden y no afecten a otras áreas en las que no queremos que entren. Mitigar la emoción, suavizarla, conseguir que ese desbordamiento desaparezca e ir con actitud más serena. Y una vez serenada la emoción, tener la valentía de bucear en mi interior, detectar lo que ha sido movilizado y comenzar a trabajarlo. Sólo así me aseguraré de que la próxima vez me afectará menos: porque si no me trabajo la necesidad que hay debajo, o el miedo, o la inseguridad,… seguirá saliendo una y otra vez en distintos ámbitos… y seguiré construyendo cómodas de vida muy incómodas.
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