Estos días de Semana Santa he estado con mi marido y con otras muchas personas en la tranquilidad de un monasterio enclavado en tierra de Campos, en la llanura Palentina. El paisaje se nos mostraba ante nosotros desbordante de nueva vida, inmenso en su horizonte y verde, muy verde. Explosión de la naturaleza germinando nuevos prados, nueva vida. En unos meses serán campos amarillos, con las espigas dispuestas para la siega, habiendo cumplido su misión. Ahora son campos renovados, nuevos, plantas recién salidas del gélido invierno. Gozando de los cálidos rayos de sol.
El Sábado salimos a caminar a una ermita situada a las afueras del pueblo, a unos 6 km. Era un camino que ya habíamos hecho en otras ocasiones. Durante un tramo fuimos por el arcen de la carretera comarcal. Prácticamente ibamos sólos. De vez en cuando pasaba algún coche, muy esporádicamente. Y más de vez en cuando se nos cruzaba algún ciclista. Sólos, disfrutando de ese paisaje que te invita al recogimiento, a adentrarte en el camino de tu interior, a caminar por tí mismo. Al cabo de unos 4 km, de la carretera salía un camino que enfilaba hacia un montículo, sobre el que está la ermita, contemplando todo desde lo alto.
Recordaba ese camino. De arena y piedra, angosto, ligera pendiente, pero constante… tanto que al final llegabas con la respiración algo agitada. Pero mi sorpresa fue encontrarme ese camino asfaltado. Supongo que lo harían para que los coches pudieran subir mejor a la ermita. Lo cierto es que perdía algo de encanto. En fin, seguí subiendo.
Mi sorpresa me esperaba unos metros más arriba.
Sobre el asfalto, puro alquitrán que se notaba recién echado (no creo que llevara más de 4 ó 5 meses)… sobre el asfalto comencé a ver pequeños montículos, levantamientos del asfalto. Y en muchos de esos levantamientos, ¡Oh, milagro!! una pequeña plantita estaba saliendo, abriéndose camino a través de esa capa de asfalto depositada unos meses atrás. Algunas ya estaban completamente fuera. Otras estaban brotando… otras aún permanecían bajo el asfalto, pero su huella ya era visible en forma de ese levantamiento, que indicaba que bajo esa capa de asfalto algo grande estaba pasando.
Me impresionó. Mucho. Continúo impresionada. Mucho.
Una pequeña plantita. Una frágil plantita, que no mediría más de 7 cm de alto. Que si cogía sus hojas las podía partir con una mínima fuerza de mis dedos…. Una frágil planta, plantando cara al asfalto… y venciéndole.
Me ha dado mucho de que pensar. Esa planta, siendo seguramente una semilla en el camino, recibió una capa de alquitrán por encima. Un alquitrán duro, inhóspito, cruel. Alquitrán oscuro, firme, que cae como una losa. Aparentemente inquebrantable. Y sin embargo, la semilla ha sabido germinar, penetrar ese alquitrán y salir a superficie, desafiante, triunfante.
Nosotros tenemos muchas veces alquitrán por encima nuestro. Viejas costumbres que no nos ayudan a crecer. Creencias limitantes sobre nosotros y sobre los demás. Grandes dificultades que nos frenan, hábitos que ya no nos sirven, pero que siguen instaurados, defectos, fallos… mucho alquitrán sobre nosotros. Muchas razones para decir: “no puedo seguir” o “no puedo conseguir nada, no merece la pena el esfuerzo, esto es demasiado grande para mi”. Tantas veces sentimos sobre nosotros esa capa de alquitrán que nos frena, que nos impide crecer, que no nos deja lograr lo que deseamos… que nos parece superior a nosotros mismos. Tantas veces parece que algo es imposible…
Y aquí está esta pequeña plantita con su lección de vida. Diciéndonos que si ella ha podido vencer algo tan duro como el alquitrán, ¿qué no vamos a poder vencer nosotros? Que en muchas ocasiones tendremos que luchar en lo secreto, en lo oculto… con constancia, perforando poco a poco, dando lo mejor de nosotros mismos, hasta que un día tengamos el premio de aflorar y vencer la capa de nuestra prisión. Diciéndonos que podemos conseguir liberarnos de esa capa de alquitrán que parece tan poderosa; que nuestra constancia y nuestro esfuerzo consiguen el premio de la libertad mayor. El premio de salir a la luz gozando de los rayos del sol.
Seamos plantitas. Descubramos qué capas de alquitrán nos están impidiendo recibir los rayos del sol. Y comencemos a subir, calladamente, con calma, con entrega y esfuerzo… Si un ser humano decide dar lo mejor de si mismo, ¿qué capa de alquitrán podrá pararlo?
Y como regalo… disfruten de esta imagen. Encierra una gran enseñanza.
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Gran enseñanza y gran artículo. Es una pena que muchas veces nos quedemos con lo cómodo y no seamos capaces de sacar todo lo que llevamos dentro. 😉
Si un ser humano decide dar lo mejor de si mismo, ¿qué capa de alquitrán podrá pararlo? Muy bueno.