En mi último artículo (Peligro y Oportunidad) comenté algo que a varios lectores le ha llamado la atención. Escribí: “¿No sintió miedo? ¡¡¡Claro que sí!!! El miedo surge del cerebro reptil, que no se pone a pensar en la lógica (función del Neocortex, el cerebro exclusivo del humano)”. Una amiga me ha escrito un correo diciendo: “Me ha sorprendido, siempre pensé que la mente es la que me trae el miedo”. Otro amigo, de Venezuela, me ha escrito preguntándome: “¿Cómo es eso del cerebro Reptil?, ¿está dentro de nosotros?”. Así que aprovecharé este espacio para tratar un tema bastante importante. Por cierto, en mi blog, hace muchos años, en 2009, escribí acerca de este tema (lo puedes leer en Los tres cerebros)
El ser humano, como cualquier ser vivo, es fruto de la evolución durante millones de años. Al comienzo hubo una célula, que fue evolucionando biológicamente, lo que implica cambios en su genética y en su fenotipo, y al final todos esos cambios han originado la diversidad de formas de vida que existen en la tierra. Toda la vida en la Tierra procede de un antepasado común universal, que existió hace 3.800-3.500 millones de años.
El cerebro también ha experimentado esa misma evolución. El cerebro humano consta de tres cerebros independientes: el cerebro reptil, el cerebro límbico (o mamífero) y el Neocortex (cerebro racional, propio de la especie humana). Estos tres cerebros están interconectados a nivel neuronal y bioquímico y cada uno controla distintas funciones de nuestro cuerpo, afectando directamente a nuestra salud, bienestar y rendimiento personal, profesional o académico.
El primero que apareció en la evolución es el cerebro Reptil. Este cerebro regula las funciones fisiológicas involuntarias de nuestro cuerpo y es el responsable de la parte más primitiva de reflejo-respuesta. Se encarga de los instintos básicos de la supervivencia (el deseo sexual, la búsqueda de comida y las respuestas agresivas tipo ‘pelea-o-huye’). Está continuamente en alerta y es el que nos permite reaccionar rápidamente ante algo que puede resultar una amenaza (un coche que se acerca y nos va a pillar) o que él detecta como una amenaza (un jefe que no nos cae bien).
A continuación, en la evolución, apareció (rodeando al anterior), el cerebro Límbico, también llamado Cerebro Emocional. Aquí están los centros de la afectividad y es el que nos permite sentir y experimentar las emociones (tanto las positivas: alegría, amor, gozar de la naturaleza, etc., como las negativas: temor, rabia, celos, ansiedad, etc.). En este cerebro está también la Memoria, que nos permite acumular información de las experiencias. Aquí está la Amígdala, que es la base de la memoria afectiva. Es la que está pendiente de las amenazas.
Y finalmente, no hace más de 1 millón de años, apareció el cerebro Neocortical: los dos hemisferios cerebrales, que controla las funciones del pensamiento y el lenguaje y básicamente lo que nos permiten es sacar conclusiones y luego actuar sobre ellas, mediante la toma de decisiones. Nos permite tener conciencia, concentración, auto-reflexión, resolución de problemas, etc. Es el cerebro racional.
Cada cerebro es importante, no hay uno que sea malo y me complique la existencia, sino que todos tienen su función. Lo que tenemos que aprender es a gestionarlos bien.
Daniel Goleman (uno de los principales autores de Inteligencia Emocional), habla del Secuestro Emocional: en determinados momentos en los que nos sentimos amenazados por algo (sea real o imaginado), la amígdala (parte del cerebro límbico) activa una ruta neuronal que va directamente a la alerta (al cerebro reptil), dejando “desactivado” el cerebro Neocortical durante un rato. Vamos, en palabras sencillas: cuando percibimos que algo nos amenaza, se disparan nuestras alertas, nuestros cerebros prehistóricos toman el poder e impiden que el cerebro racional sopese la situación, vea si de verdad es una amenaza o no y tome decisiones sobre qué hacer.
Si la amenaza percibida es un coche que viene a gran velocidad hacia nosotros, está muy bien que no sea necesario pararse a reflexionar si es una amenaza real o no, si es más sensato que corramos o que nos quedemos parados, si es mejor correr hacia la derecha o hacia la izquierda. No, en esos momentos, nuestros cerebros más antiguos nos salvan.
Sin embargo, si la amenaza percibida es una persona que nos ha mirado mal y que parece que no le caemos bien… entonces saltan nuestras alarmas y nos ponemos a la defensiva o atacamos… En esos casos, es sumamente necesario aprender a gestionar esas emociones, aprender a dejar que el NeoCortex tome de nuevo el mando sobre los otros. Y que sopese si de verdad esa persona tiene malas intenciones y qué es lo más sensato y adecuado para mí. Porque quizás ese miedo que yo siento hacia mi jefe no sólo no me está ayudando a dar lo mejor de mí, sino que me está perjudicando. Ayudar al Neocortex a retomar el poder en esas circunstancias, me ayudará a relajarme, tranquilizarme y poder decir o hacer cosas que me beneficien, demostrar todo lo que soy capaz.
¿Quién no se ha bloqueado ante una situación de miedo, angustia o estrés? ¡Eso significa que nuestros cerebros funcionan muy bien! Así que, si te pasa esto, no te tratas mal cuando tu cerebro te haya gastado una “mala pasada” (quedarte en blanco en una ponencia, por ejemplo). Porque en ese caso tu cerebro reptil había detectado una enorme amenaza y se había puesto en tensión. Eso significa que tienes un cerebro reptil que funciona muy bien, felicítate por ello… y después, ayúdale, con el Neocortex, a que se dé cuenta de que la amenaza no era tal, tranquilizarle y retomar el poder: respirar, y empezar a hablar, desde el neocortex, tomando las decisiones desde la razón, sin que hable el “secuestro emocional”.
Todos podemos “entrenar” a nuestro cerebro para mejorar nuestro desempeño. Probablemente no podamos evitar que salten las alarmas, pero podemos aprender a gestionarlas. Al final si cultivas las habilidades de Inteligencia Emocional,… tu vida mejorará, sin ninguna duda. ¿Te lanzas?
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Sandra B.R.
GRACIAS
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Carla D.